Después del Golpe del 4 de Septiembre-1933

Nota: el 4 de septiembre del 33, Batista da un golpe de estado nombrando a Grau San Martín Presidente. En éste momento el DEU apoya dicho gobierno que con el timepo se vuelve en dictadura y completamente manejado por los militares bajo el comando de Batista. Pierde el apoyo del DEU

Después del Golpe del 4 de Septiembre Ramiro Valdés Daussá, un miembro del Directorio Estudiantil, en mi presencia, le pidió a mi padre que continuara en el cargo de Secretario de Obras Públicas, pero mi padre no aceptó por motivo de delicadeza con los miembros del gabinete que lo habían acompañado en el anterior gobierno. Según dijo Valdés Daussá también deseaban que el Dr. Presno continuara como Secretario de Salubridad, quien tampoco aceptó.

Yo continué resolviendo los problemas de esa Secretaría hasta el 13 de septiembre en que fue nombrado Guiteras como secretario interino, aunque ya era secretario de Gobernación, y sólo pasó un día por Obras Públicas donde habló y advirtió que pronto sería nombrada otra persona. Más tarde, el 18 de septiembre, fue nombrado Secretario el Ingeniero Gustavo Moreno. Este me preguntó si deseaba algún puesto en la Secretaría, pero yo le contesté en forma negativa y dejé de asistir a ese edificio por estar resuelto el problema con la presencia de Moreno.
Falta por escribir los dos problemas graves que tuve que resolver: el de la recogida de la basura al negarse las compañías petroleras a despachar gasolina para los camiones de Obras Públicas. El otro fue el conato de huelga de los obreros de Obras Públicas por llevar varios meses sin haber recibido su sueldo.

El ataque al Hotel Nacional - 2 de octubre de 1933.
La mañana del 2 de octubre de 1933 los habaneros fueron despertados por un intenso tiroteo. Subí a la azotea de la casa de 17 y H con mi padre y hermano Eddy, y desde allí pudimos observar que el Hotel Nacional era atacado a tiros. Aunque el hotel estaba a cierta distancia distinguimos con claridad los impactos que hacían las balas en el edificio y el humo que provenía de los disparos de las ametralladoras desde el hotel. Recuerdo que mi padre estaba indignado con lo que estaba sucediendo y nos dijo, a Eddy y a mi, que si seguíamos por el camino que íbamos daríamos lugar a que viniera una dictadura tan feroz como la de Machado.

Cuando cesó el tiroteo y pareció que los oficiales que estaban alojados en el hotel se habían rendido, me dirigí, a pie, por el Vedado hacia el hotel Nacional. Al llegar a la entrada del hotel, por la calle 21, vi al costado de un muro, un pequeño toldo de color kaki que parecía haber sido utilizado por la posta que cercaba dicho hotel por ese lado. Allí era donde había que identificarse para poder entrar al hotel si se quería visitar al grupo de oficiales depuestos por el golpe del cuatro de septiembre que gozaban de la simpatía y apoyo de la Embajada de los Estados Unidos y que se habían alojado en dicho hotel.

Me detuve en ese lugar, por estar prohibido por los militares que seguían a Batista, la entrada al hotel. Desde ese sitio se podía distinguir la entrada principal del hotel, donde parecía haber movimiento de personas. Todo estaba en calma y al parecer el combate había terminado con la rendición de los oficiales. De repente se inició un violento tiroteo y todos los que estábamos en ese punto nos lanzamos al suelo. Nos resguardamos bajo el toldo que estaba en la esquina, sin pensar que no nos ofrecía protección alguna contra las balas y sólo nos ocultaba de la vista de cualquier persona que pudiera estar en los cuartos del hotel. El comentario entre los que estaban en dicho lugar era de que los antiguos oficiales habían simulado la rendición y aprovechado la tregua para recomenzar el combate o para escaparse del hotel. Cuando cesó el tiroteo, y pasado algún tiempo, supimos toda la verdad del asunto. Al salir los oficiales prisioneros, desarmados, fueron atacados al parecer por un soldado que deseaba tomar venganza personal por haber perdido un familiar en la contienda. Allí fueron asesinados varios oficiales que estaban desarmados y rendidos. Por ironía del destino uno de los muertos fue el capitán Armando de la Torre, oficial honrado, que había colaborado valientemente en la lucha contra Machado.

Aunque yo no conocía a Armando de la Torre, sí era compañero de estudios de dos de sus hermanos. Uno de ellos fue mi compañero de equipo de basket ball en el colegio De La Salle. Se me planteó el dilema de asistir al velorio esa noche, en medio de una atmósfera cargada de odio y en que, naturalmente, sus familiares y amigos me verían como un responsable de los hechos criminales de ese día, al yo formar parte de los partidarios del gobierno de Grau San Martín. Sabiendo que iba a tener que pasar por un momento en extremo desagradable, consideré era mi deber hacer acto de presencia en casa del militar muerto en forma tan cruel y desafortunada. Debía cumplir con sus hermanos y familiares por ser Armando de la Torre un oficial honesto. Sé que mi presencia no fue bien acogida y el ambiente me era hostil, como tenía que ser, considerando la tragedia sufrida, pero con esa visita cumplí con mi deber.

Desde la misma esquina donde escuchamos el tiroteo producido cuando fueron ametrallados algunos oficiales rendidos, pudimos ver con tristeza la salida en camiones de los oficiales rendidos. Algunos de ellos llevaban las camisas ensangrentadas y parecían estar heridos. Más tarde supimos que habían sido trasladados a la cárcel de Isla de Pinos. La mayoría de estos oficiales fueron víctima, contra su voluntad, de la lucha por el poder y la defensa de ideales revolucionarios discrepantes de los grupos que lucharon contra la dictadura machadista. Estos oficiales recibieron el respaldo del gobierno de Washington para mantenerse firmes en su rechazo al golpe del cuatro de septiembre. Tenían el apoyo, además, de los miembros de la organización abecedaria y de las clases conservadoras del país. Meses más tarde fueron abandonados a su suerte al llegar a un acuerdo la Embajada de los Estados Unidos con el coronel Batista, quien a su vez en unos días, echó por la borda al entonces presidente Ramón Grau San Martín. Los Estados Unidos aceptaron a la nueva oficialidad a cambio de que ésta, con su líder Batista, le virara la espalda a los ideales revolucionarios del Directorio Estudiantil de la Universidad y de los cubanos que los apoyaron el 4 de septiembre. Pero esta es otra historia de la duplicidad tanto de Batista como de los intereses de los Estados Unidos, que a través de varias reuniones llegaron a una solución favorable para ambas partes. En definitiva terminó la etapa revolucionaria y continuó la dependencia política del gobierno cubano de la nación norteamericana, seguida de la primera dictadura de Fulgencio Batista.


El 8 de noviembre de 1933
Al amanecer del 8 de noviembre de 1933 gran parte de la ciudad de La Habana, la jefatura de la policía y el Castillo de Atarés, estaban en manos del ABC y de la oposición al gobierno de Grau San Martín. En un automóvil junto con Rubén León, Casimiro Menéndez, Amador Odio y otra persona que no recuerdo, nos dirigimos a la dirección en que estaba la estación de radio CMQ o la Casa de las Medias como se conocía en ese momento. Estaba situada en el Vedado.
A esa hora la emisora no estaba en el aire ni querían los dueños comenzar a transmitir. Rubén León les comunicó que traía una declaración del presidente Grau y que la estación estaba en la obligación de salir al aire para permitirle leer esa declaración. En ella se le decía al pueblo de Cuba que la situación estaba controlada por el gobierno y conminaba a la oposición a deponer su actitud hostil. Después de una breve discusión con la gerencia se aceptó lo que pedíamos en nombre del presidente y del Directorio Estudiantil Universitario. Se leyó la declaración.

Una vez leída la proclama nos dirigimos desde el Vedado hacia el centro de la capital, frente al Capitolio Nacional, donde estaba la radioemisora del Diario de la Marina. Todos íbamos armados en el auto, siendo yo, que estaba sentado en el asiento trasero del auto, el único que no tenía arma larga sino una pistola. A pesar de que la ciudad estaba prácticamente en manos de los coches armados de los abecedarios recorriendo las calles en actitud más bien festiva que revolucionaria, no tuvimos dificultad alguna en arribar a nuestro destino.

Una vez que subimos al local de la radioemisora, que estaba en un segundo piso igual que la CMQ en ese momento, nos encontramos con el mismo cuadro que en el caso anterior. El Diario de la Marina, periódico que siempre sostuvo una posición conservadora desde la época de la colonia, decía querer permanecer en una posición neutral hasta ver el rumbo que tomaban los acontecimientos, aunque nosotros sabíamos que ellos, en realidad, simpatizaban con el movimiento contrario al gobierno. Poco rato después apareció el director del Diario de la Marina, Pepín Rivero, con el que discutimos sobre el deber de la radioemisora de hacer público los pronunciamientos que llevábamos. Por fin, tras cierta demora, Rivero aceptó radiar las declaraciones de Grau en que se pedía el concurso del pueblo para defender a la revolución que estaba en el poder.

Después de haber cumplido nuestra misión nos dirigimos al Palacio Presidencial, que estaba en manos de las fuerzas leales al régimen de Grau y del entonces coronel Batista. Luego de comprobar que todo estaba en calma en ese edificio seguimos en el mismo auto hacia el Castillo de la Punta tomando por la Avenida de las Misiones. A lo largo del Malecón, en la zona circundante a dicho castillo, estaban desplegadas las tropas de la Marina de Guerra Cubana. Sus miembros estaban en extremo nerviosos por carecer de noticias sobre la situación real de la ciudad y pudimos verlos acostados en el suelo boca abajo con sus armas largas apuntando hacia el Palacio. Nos identificamos como miembros del Directorio Estudiantil que apoyaba al gobierno y pasamos al interior del Castillo de la Punta. Pudimos observar que las tropas en ese lugar respaldaban firmemente a Grau. Minutos más tarde hizo su aparición en dicho castillo el coronel Batista que venía a cerciorarse del apoyo de la guarnición y levantarles el ánimo. Fue una de las escasas veces que tuve la oportunidad de ver a Batista ya que fue una de las pocas en que luchamos por la misma causa.

Durante todo ese día Eduardo Chibás desarmó a gran cantidad de miembros de la organización ABC que recorrían la ciudad en autos. Esta organización luchó en forma muy efectiva contra la dictadura de Machado. Lo hizo en forma clandestina, en grupos pequeños de distintos ramales, pero a la caída de Machado abrieron sus filas y se inscribieron una gran cantidad de personas, deseosas de pertenecer a la organización más que nada por deseos de lucirse. Ese día recibieron la consigna de alzarse en la ciudad en contra del gobierno, pero cuando se encontraron con una situación crítica en que corría su vida peligro, de inmediato se rendían. Por ello la ciudad que estaba por la mañana en poder del ABC poco a poco pasó a manos de los grupos estudiantiles que se enfrentaban a los abecedarios. Cuando Eduardo Chibás, que estaba armado se les enfrentaba, como otros grupos del Directorio Estudiantil, optaron los alzados del ABC por rendirse y entregar sus armas. Ni siquiera fueron detenidos esos grupos, sino que se les conminaba a regresar a sus hogares. Los elementos de acción del ABC estaban en las estaciones de policía que lograron tomar por sorpresa, pero las fueron perdiendo poco a poco ante el ataque de las fuerzas leales a Grau y Batista. Más tarde al perder la ciudad se atrincheraron en el Castillo de Atarés. Allí fueron rodeados y luego de varias horas de lucha y convencidos de la inutilidad de su lucha se rindieron a las tropas de Batista. En igual forma que cuando el caso del Hotel Nacional varios miembros de los insurrectos fueron asesinados por la soldadesca enfurecida por las bajas sufridas en el encuentro. Entre los muertos, después de rendirse, estaba Juan Blas Hernández, quien luchó valerosamente contra la dictadura de Machado y había tomado la decisión de alzarse contra el régimen del Presidente Grau San Martín. Este acto repulsivo causó gran malestar en la ciudadanía cubana.